De la nada surgió mientras esperaba, cargando sus cartones, con una sonrisa marchita y una mirada perdida de un intenso azul, su voz ya quebrada eran cantos de amabilidad y sus manos mostraban el trabajo duro de una vida con altibajos.
Se llama Sebastián, y posee esa caridad humana que en los jóvenes parece extinta, con una especia de valiente temor, me preguntó si podía sentarse a mi lado, no buscaba asiento sino un poco de compañía. Una compañía que mientras para la mayoría de la gente de mi edad es aguantar a un viejo dándole la chapa, para mi es un regalo, un poquito de sabiduría con palmaditas en la espalda. En pocos minutos que pasaron sin darme cuenta, me contó su vida y me demostró lo mucho que me queda por vivir y cuanto ha cambiado todo con el paso de los años.
La soledad es algo que todos vivimos, algunos prematuramente, otros mucho mas tarde. La vida a veces nos da la espalda, nos quitan la casa, los hijos nos dejarán de visitar y las fuerzas nos flaquearán, solo espero que a la edad de Sebastián tenga las mismas fuerzas que tiene él, y que, como mi anciano amigo, no tenga prejuicios a la hora de regalar y recibir un poco de compañía.
Con una mirada cómplice, un apretón de manos y una sonrisa nos despedimos. Hasta pronto Sebastián!!




1 comentario:
Un buen post, honestamente. A mí me pasó algo bastante parecido. Es triste que los últimos días de uno sean errando en soledad, tras una vida de sacrificios y entrega.
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