Aunque distanciados, era inevitable que el hombre trapo viese alguna que otra vez a la chica, desde la lejanía observaba que algo había cambiado para ella también, sin saber muy bien si para bien o para mal pero un cambio que se notaba a leguas alfil al cabo. Quizás en el interior de su delgado cuerpo había empezado a brotar una pieza de hojalata, un trozo de metralla de los que tanto le habían echo sufrir a él, de los que tanto peso le habrían echo soportar.
Aunque no le deseaba lo que él había soportado durante tanto tiempo a nadie, en el fondo sabía que aquel era el comienzo para que la chica empezase a cambiar, y empezase de una vez por todas a valorar y sobretodo a valorarse.
Desde hacia unas semanas, el hombre de trapo surcaba los cielos junto a su nueva compañía, misteriosamente le había crecido alas, aunque aun no lograba acertar el material del que se componían estas y no podía adivinar su duración, mas no le importaba. Llevaba tanto tiempo arrastrando sus harapos que ahora que podía, solo quería volar, volar alto aunque algún día cayese de golpe o quisiera ir tan alto que el cielo lo derritiese con su calor, nada importaba ya, ahora todo merecía la pena.
Mientras la chica continuaba su camino con su mal y sus nuevas sensaciones, los dos harapientos alados volaban hacia su destino, se clavaban sus pupilas en silencio mientras a su alrededor crecía la nada, hipnosis, una escena estática solamente rota por sonrisas, y si algo les impedía estar juntos siempre les quedaba jugar a ser mimos, e interpretar papeles que solo ellos comprendían.
El viaje no ha hecho mas que empezar, y juntos o separados, solo dejarán de avanzar allí donde las lágrimas no merezcan la pena, pues es su destino.




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