La chica miraba compasivamente, al extraño personaje que la seguía, con cierta lastima, pero sabia que aquel hombre podría liberarla de todo el martirio, podía convertir el dolor en placer, pero en sentimientos contradictorios que le hacían estremecerse, prefería alejar al hombre de ella. Para ello, aparte de aumentar la velocidad de su vida, a sabiendas que el hombre y su pesada carga no aguantaría el ritmo, y de sumirlo en ocasiones en la mas absoluta indiferencia, invocaba enigmáticas criaturas, para distraerle y llevarlo lejos de ella. A veces el temor a recibir dolor nos impide abrir los ojos.
Cuando nadie miraba, al hombre trapo le gustaba jugar con sus amorfos pies entre las cenizas que rodeaban a la chica, difuminándolas en un juego peligroso. Nunca podría imaginar lo que aquel inocente juego les depararía.
En el viaje hacia ninguna parte que compartían, el hombre trapo se sentía naufrago del destino, solo seguía a la chica y sus cenizas, sin saber por qué. Era una pregunta que se hacia cada día, cada minuto, ¿por qué le ataría tanto aquella extraña y silenciosa persona? Y ¿por qué cada día aumentaban sus el tiempo en el que sus pensamientos eran copias del instante anterior?
La chica estaba preocupada por sus victimas pasadas, por las presentes y por las que vendrían, y no entendía por qué no podía ser como las demás. No podía evitar hacer daño, pero aun así dejaba que la gente que le gustaba entrase en su circulo, que la tocasen y después murieran y desapareciesen como madera quemada.
En el día a día, la chica solo notaba la presencia del hombre trapo cuando este se ofrecía para secarle las lágrimas. El hombre quería dejarla, pues no parecía tener mucha importancia para ella, pero una extraña cadena de esperanza la unía a ella, necesitaba hacerle saber que él era la cura para aquella extraña enfermedad, porque él no era como los que morían a sus pies, pero no sabia como hacerlo. Mientras tanto se limitaba a observar la desaparición de aquellos que podían tocar lo que él tanto ansiaba. Cada día estaba mas convencido de querer ser uno más de aquellos que yacían, de que merecía la pena por tenerla una sola vez entre sus brazos.
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1 comentario:
"A veces el temor a recibir dolor nos impide abrir los ojos." me quedo con esa frase, artista.
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